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MÉXICO: País en venta: privatizando ciencia y docencia.

Silvia Ribeiro*

El control de los recursos estratégicos de México está a la venta al mejor postor trasnacional y en las condiciones que demanden las empresas. Desde la minería al petróleo, pasando por la biodiversidad, el aire de los bosques y hasta el maíz, el patrimonio genético alimentario más importante del país.

El proceso no empezó ahora, pero hay en este momento pasos cruciales en juego, como la privatización del petróleo y la autorización para siembra comercial masiva de maíz transgénico en favor de Monsanto y otras trasnacionales. Otras leyes aprobadas y en discusión, como la reforma que privatiza la educación y convierte a los docentes en empleados precarios, o la imposición de IVA en alimentos y medicinas, castigan a los pobres y sus derechos sindicales más básicos. El hilo rojo es favorecer a las grandes empresas y a las minorías privilegiadas. Pero también crece la resistencia, cada día más compleja y candente, por la diversidad de actores y temas que hieren centros neurálgicos de la vida del país.

Aprovechando el contexto, un grupo de científicos protransgénicos, entre ellos Luis Herrera Estrella, director del Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad (Langebio, de Cinvestav-IPN) se están reuniendo con diputados para cambiar las leyes que dificultan a funcionarios lucrar personalmente con la investigación pública. Y eso sí es una injusticia ¿no le parece? O sea, para estos científicos lo correcto es que los investigadores sean financiados con fondos públicos, usen el acervo de conocimientos, las instalaciones, sueldos, herramientas y subsidios del Estado, para que ellos puedan comerciar con empresas y patentar para su lucro personal los conocimientos que obtienen gracias al trabajo colectivo y al apoyo social.

Según Herrera Estrella, el acuerdo al que llegamos con los diputados es armonizar todas las leyes, la Ley Federal del Trabajo, la Ley Federal de Responsabilidades de los Servidores Públicos, la Ley de Ciencia y Tecnología para que, en una sola ley, se contemple toda esta problemática (E. Ruiz Jaimez,El Economista, 25/8/2013). La articulista abunda: Con esto buscan que el investigador pueda licenciar sus propias patentes u otras, que pueda crear una empresa y ser accionista.

En el mismo artículo, Herrera Estrella afirma que a la ley Monsanto (Ley de Bioseguridad y Organismos Genéticamente Modificados) se le puso el mote porque sólo Monsanto puede cumplir con sus requerimientos, porque es muy estricta. Arguyendo un pretendido nacionalismo –nada convincente dados sus vínculos con las trasnacionales– quieren simplificar los trámites para que los investigadores nacionales también puedan contaminar transgénicamente los cultivos.

Pero, ni la ley Monsanto es estricta (por eso hay contaminación) ni se le llama así por lo que dice Herrera Estrella, sino lo contrario: porque favorece ampliamente los intereses empresariales, no contra investigadores nacionales, sino contra el bien público. Recordemos que la primer versión de esta ley fue presentada al Congreso por el Comité de Biotecnología de la Academia Mexicana de Ciencias, del que Herrera Estrella era y es miembro. La coordinación del cabildeo de la ley Monsanto –que ahora les resulta insuficiente, porque ven la coyuntura para ir por más elementos privatizadores– estuvo a cargo de su colega Francisco Bolívar Zapata, ahora nombrado por Peña Nieto coordinador de Ciencia, Tecnología e Innovación del gobierno. Los pocos cambios que otros hicieron en el proceso legislativo, como la obligatoriedad de establecer un régimen especial de protección al maíz por ser México centro de origen (¿una de las complicaciones a las que aluden estos científicos?) fueron vaciados de contenido con el reglamento de dicha ley. La consulta pública es una farsa, nunca considera las críticas. Las aprobaciones de siembras experimentales de transgénicos, particularmente maíz, han sido impugnadas legalmente muchas veces, motivando únicamente que el gobierno adaptara el reglamento para dejar las impugnaciones sin efecto. Ha sido un proceso de tal grado de corrupción legalizada, que fue presentado por el Grupo de Estudios Ambientales como caso de violación de derechos de los pueblos y violencia contra el maíz y la soberanía alimentaria, ante las sesiones del Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP) capítulo México. La ley que redactaron esos científicos y que ahora quieren modificar para facilitar aún más privatización y contaminación, evidencia la veracidad de la acusación general del TPP sobredesviación de poder del Estado mexicano contra el interés público y en favor de las empresas.

En todo caso, Herrera Estrella no se ha quedado esperando cambios. Tiene numerosas patentes a partir del trabajo en instituciones públicas y es socio fundador de Stela Genomics, empresa fundada en 2011 en Estados Unidos, con una sede cómodamente vecina al laboratorio de genómica que él mismo dirige en el Cinvestav. También es socia una investigadora a quien dirigió su doctorado en el mismo laboratorio. Stela Genomics usa el trabajo que se hizo en Langebio, financiado públicamente, para promover su negocio privado. Además, gestiona comercialmente las patentes de Herrera Estrella.

El modelo es Estados Unidos, donde el público financia las universidades que trabajan con y para las transnacionales, y los investigadores están a la venta, incluida la orientación de su investigación. La investigación en biotecnología en México va en esa dirección y hay varios ejemplos. Este tipo de conflictos de interés serán parte de los casos a presentar en la próxima sesión del TPP sobre maíz transgénico y corrupción de la ciencia.

 *investigadora del Grupo ETC

http://www.jornada.unam.mx/2013/09/07/opinion/021a1eco

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Mayo 25, 2013. Contra el maíz transgénico. Contra Monsanto.

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Nueva revolución tecnológica con campesinos y sin transgénicos.

 

Víctor Suárez Director ejecutivo de la Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo (ANEC) victor.suarez@anec.org.mx

La dependencia alimentaria de nuestro país es insoportable. Ahora, todos o casi todos coinciden en ello, excepto Estados Unidos (EU) y las corporaciones agroindustriales. Las importaciones agroalimentarias pasaron de 24 a 46 por ciento en la cobertura de la demanda nacional en las dos décadas recientes, como resultado ineludible de la era del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y de la soberanía de los mercados, misma que nos ha sido impuesta desde 1982.

De continuar así, y de acuerdo con estimaciones del Departamento de Agricultura de EU, hacia el 2030 México importaría el 80 por ciento de sus alimentos, comprometiendo de forma irreversible los derechos de campesinos, comunidades rurales y pueblos indios; la seguridad alimentaria del país, el derecho a la alimentación de la población; la cohesión social; la estabilidad política, e incluso la soberanía nacional y la integridad territorial.

Para documentar nuestro optimismo, algunas cifras: a) En 1991, antes del TLCAN, importamos 1.5 millones de toneladas de maíz con valor de 180 millones de dólares; en 2011 fueron 9.5 millones de toneladas por tres mil millones de dólares. b) Entre 1991 y 2011 se importaron 111 millones de toneladas de maíz con valor de 18 mil 460 millones de dólares, siendo que el país puede producir todo el maíz que consume. c) En ese periodo, las importaciones de granos y oleaginosas (maíz, frijol, trigo, sorgo, arroz, cebada y soya) ascendieron a 316 millones de toneladas con valor de 64 mil 484 millones de dólares. d) En 1991, las importaciones de arroz cubrían 25 por ciento del consumo nacional; dos décadas después, este porcentaje subió a 85. e) En 17 de 18 años del TLCAN, el saldo de la balanza comercial agroalimentaria ha sido negativo. f) De 1991 a 2011, el PIB agropecuario, silvícola y pesquero ha “crecido” a una tasa promedio anual del 1.8 por ciento, pero si se descuenta el crecimiento poblacional, el sector ha permanecido estancado. No así el tamaño, las utilidades y el poder económico y político de las corporaciones agroalimentarias multinacionales.

Y lo peor está por venir, de continuar el modelo fracasado de dependencia alimentaria. En el lustro reciente se ha consolidado un nuevo paradigma en los mercados agrícolas internacionales caracterizado por una nueva era de precios altos y volatilidad sin precedentes, en que la única certidumbre es la incertidumbre. Esto pulveriza las ilusiones de importaciones agroalimentarias a bajo precio y coloca a los países dependientes en situación de extrema vulnerabilidad alimentaria, social, económica y política.

El nuevo paradigma supone el tránsito de una agricultura para la producción de alimentos de consumo humano directo a una agricultura para forrajes y de ésta a una para la producción de combustibles (food cropsfeed cropsfuel crops).

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Este cambio ha sido impulsado por dos nuevos fenómenos denominados la energetización y la financiarización de la agricultura. Esto es, la formación de los precios ya no se determina por los “fundamentales” del mercado agrícola (oferta, demanda, reservas), sino por factores extrasectoriales.

La escasez internacional de alimentos provocada por este nuevo paradigma impulsa tendencialmente los precios al alza e imprime una enorme volatilidad en los mercados sin precedentes. Si a este hecho agregamos los impactos negativos en la producción, reservas y disponibilidad de alimentos producidos por el cambio climático planetario, la especulación internacional, la inestabilidad económica global, el creciente poder de las corporaciones en los mercados y la exacerbación de las luchas entre los países por la hegemonía y el control de los recursos, queda claro que es urgente el cambio en México y a escala internacional del modelo de dependencia alimentaria y de soberanía de las corporaciones que controlan los mercados.

La urgencia de la autosuficiencia alimentaria. Después de tres décadas de neoliberalismo en la agricultura mexicana, de la insoportable dependencia y del reconocimiento de los enormes riesgos y costos de continuar dicho modelo fracasado, hoy todo mundo –o casi– afirma y sostiene en México y en el mundo la necesidad de que los países transiten hacia la autosuficiencia alimentaria.

El debate ahora es ¿cuál es la vía para la autosuficiencia alimentaria en México? Veamos dos vías principales: a) la vía de las falsas y peligrosas soluciones promovidas por aquellos que sostienen la idea de una “nueva revolución verde con transgénicos en la agricultura comercial” asociada a una “nueva revolución verde para los pobres: el MasAgro”; o b) la vía de las soluciones verdaderas, lo que nosotros llamamos un nueva revolución tecnológica en la agricultura, con campesinos, sintransgénicos y con base en la síntesis de la sabiduría campesina y los conocimientos científicos y avances tecnológicos de punta.

He aquí un análisis de las dos vías:

“Nueva revolución verde con transgénicos”. Las trasnacionales de la biotecnología y sus voceros en México –Agrobio, Consejo Nacional Agropecuario (CNA), Confederación Nacional Campesina (CNC) y Confederación Nacional de Productores de Maíz (CNPAM)– plantean que la semillas transgénicas son una solución milagrosa al problema de la autosuficiencia alimentaria; ofrecen aumento de rendimientos, menor uso de agroquímicos, más rentabilidad, además que, dicen, los organismos genéticamente transformados (OGTs) “producen más proteínas y almidones; son resistentes a la sequía, a los calores extremos, a las heladas, a la ausencia de suelo y trabajo (…)”.

En realidad, la agricultura transgénica es una versión revisitada del modelo de revolución verde de la segunda mitad del siglo pasado. Una obsoleta y ahora más peligrosa agricultura de insumos. Insumos milagrosos, en manos extranjeras, monopólicas, que dañan suelo, agua, aire, alimentos y trabajadores agrícolas, y que reclaman insaciablemente agua, energía fósil, herbicidas químicos, subsidios públicos y pago de regalías.

Además del peligro que representan para la diversidad de los maíces nativos del país y para la salud humana y animal, y que su siembra comercial representaría una violación a convenios internacionales y leyes mexicanas, los transgénicos son absolutamente innecesarios y obsoletos en materia de incremento de la productividad y reducción de agroquímicos. Como muestra de ello, los productores de maíz de Sinaloa con híbridos convencionales tienen rendimientos promedio (12-15 y hasta 18 toneladas por hectárea) muy superiores a los transgénicos en EU (10-11).

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Los transgénicos incrementan exponencialmente el uso de herbicidas químicos de alto poder residual, los cuales, junto con los biocidas incorporados a las semillas modificadas genéticamente, están provocando el surgimiento de super plagassuper malezas que tienen que ser removidas mecánica e incluso manualmente.

Por otro lado, la agricultura transgénica como la revolución verde, estaría orientada a una exigua minoría de agricultores de riego, profundizando las desigualdades entre regiones y tipos de productores, al mismo tiempo que se agravaría la dependencia del país y de los agricultores respecto al exterior y a los monopolios. Como se observa, esta vía es una falsa solución.

“Nueva revolución verde para los pobres: el MasAgro”. La Secretaría de Agricultura (Sagarpa) presentó en 2011 el MasAgro como “solución” al problema de la productividad agrícola en las pequeñas unidades de temporal. En esta pretensión tardía y sumamente limitada, el gobierno dio la espalda a los centros públicos de investigación y universidades mexicanos, escogiendo al Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) para ofrecer la solución mexicana no solamente a la crisis alimentaria de nuestro país sino del planeta entero. Lo hizo también como parte del reconocimiento oficial e internacional de que el “milagro transgénico” no tiene que ofrecer nada –ni siquiera propagandísticamente– a los minifundistas temporaleros.

Por un lado, el MasAgro se rindió ante la evidencia y reconocIó por primera vez en más de tres décadas la importancia productiva del sector mayoritario de las pequeñas y medianas unidades de producción agrícola de temporal para resolver la crisis alimentaria en México.

Por otro lado, el MasAgro cuenta con un presupuesto muy modesto (138 millones de dólares en diez años), lo mismo que sus metas (incrementar la producción de cinco a diez millones de toneladas hacia el año 2020. La estrategia MasAgro es promover la productividad agrícola de los minifundistas temporaleros con base en semilla mejoradas, prácticas agrícolas de conservación (labranza cero), siembras de precisión y uso de paquetes de agroquímicos tradicionales. Lo anterior, mediante la capacitación y asistencia técnica tradicional: transferir a productores individuales “progresistas” unpaquete tecnológico diseñado y decidido por el CIMMYT y las empresas de maquinaria e insumos.

Si bien es loable la intención del MasAgro, su estrategia es la de la vieja revolución verde aplicada medio siglo después en el campo temporalero: se trata de nueva cuenta de una obsoleta agricultura de insumos y paquetes tecnológicos con un extensionismo tradicional y un agravante: al exigir maquinaria agrícola para la labranza, sólo tiene cierta perspectiva en suelos planos o con pendiente leve; no tiene opciones para la agricultura de laderas. En esta condición, la alternativa de los sistemas milpa y Maíz Intercalado con Frutales (Miaf) ofrecen mejores soluciones. Es entonces MasAgro otra falsa solución.

El camino verdadero hacia la autosuficiencia:nueva revolución tecnológica con campesinos y sin transgénicos. Se requiere un cambio paradigmático de modelo de agricultura en el marco de la construcción de un nuevo sistema agroalimentario y nutricional y una nueva política de Estado de largo plazo con base en los principios de la soberanía alimentaria, sustentabilidad, solidaridad con las generaciones venideras y el respeto pleno a los derechos económicos, sociales y culturales de toda la población, incluyendo los derechos individuales y colectivos de los campesinos y pueblos indios. Es preciso pasar de “una agricultura de insumos a una agricultura de conocimientos y procesos” con base en la pequeña y mediana unidad de producción rural. Se trata de una verdadera revolución tecnológica y social como la única vía para alcanzar la autosuficiencia alimentaria y una vida digna para los campesinos y las comunidades rurales del país.

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La nueva revolución agrícola integra y sintetiza las experiencias y los conocimientos de las siguientes corrientes: a) agricultura tradicional campesina, estudiada, visibilizada y valorizada magistralmente por Efraín Hernández, Xolocotzin; b) escuela mexicana de mejoramiento genético de plantas, con grandes aportaciones a la productividad y adaptación de cultivos alimentarios y con innumerables genetistas de talla mundial; c) la corriente de la agroecología y sus diferentes vertientes: agricultura orgánica, agricultura sustentable, agricultura diversificada, y que tiene en Víctor Manuel Toledo, Miguel Altieri, Jairo Restrepo, Sebastián Piñeiro, Ignacio Simón, Coordinadora Nacional de Organizaciones Cafetaleras (CNOC) y Gaia, exponentes sobresalientes; d) agricultura de conocimientos científicos y avances tecnológicos de punta; ciencia aplicada a la agricultura campesina con compromisos social y nacionalista, en los campos de la microbiología, edafología, fisiología vegetal, nutrición vegetal, sistemas complejos, sistemas de información geográfica, telediagnóstico, resonancia magnética, etcétera. Entre los representantes sobresalientes de esta corriente se encuentran los doctores Juan José Valdespino, Sergio Ramírez, Gerardo Noriega, Edgar Quero y el grupo CYCASA; y e) Modelo ANEC de organización, productividad sustentable con destino y políticas agroalimentarias alternativas; centralidad de los sujetos individuales y colectivos; gobernabilidad campesina; modelo de profesionalización campesina; integración de la sabiduría campesina con los conocimientos, para favorecer la seguridad alimentaria a corto, mediano y largo plazos, así como científicos de punta; de asistencia técnica a ras de parcela bajo control de la organización local; integración de objetivos sociales, económicos, ambientales y culturales; etcétera.

Diversas organizaciones locales y regionales de ANEC, CNOC y otras muchas dan cuenta, por medio de numerosas experiencias campesinas probadas a lo largo y ancho del país, que la nueva revolución tecnológica es una realidad y es posible, urgente y necesaria su generalización y elevación a rango de política pública de Estado.

Con la nueva revolución tecnológica es posible alcanzar múltiples resultados, entre otros: impulsar la productividad sustentable; aumentar la rentabilidad; regenerar y proteger los recursos naturales; producir alimentos sanos y nutritivos para el autoconsumo y el mercado nacional; revalorizar el trabajo campesino y los modos de vida rurales; reactivar la economía agrícola y rural; reconstruir la cohesión social a escala familiar, comunitaria y étnica; brindar oportunidades de empleo e ingreso dignos para la juventud del campo; amortiguar los impactos negativos del cambio climático, y proveer las mejores estrategias de adaptación al mismo. Y sobre todo, garantizar la autodeterminación en materia alimentaria, económica y tecnológica y la seguridad alimentaria a largo plazo del país.

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Entre los principios de la nueva revolución tecnología para alcanzar la autosuficiencia alimentaria con campesinos y sin transgénicos, se encuentran los siguientes:

1. Reconocimiento de la calidad de sujetos de derechos, sujetos productivos y portadores de conocimientos agrícolas relevantes a las y los campesinos, a las y los productores en pequeña y mediana escala, a ejidos, comunidades y pueblos indígenas. Los campesinos no deben ser considerados nunca más como “pobres” y “beneficiarios” de los programas gubernamentales ni como “aplicadores” de los “paquetes tecnológicos” impuestos por las corporaciones agroalimentarias con el apoyo de su red de distribuidores, despachos de “asistencia técnica”, fundaciones Produce, de la banca de desarrollo y de las instituciones “públicas” de investigación agrícola.

2. Reconocimiento a la organización campesina autónoma y autogestiva como sujeto colectivo de la nueva revolución tecnológica; como su motor y soporte principal de ésta. La organización campesina a nivel local (y en redes regionales, estatales y nacional) debe proveer a los productores integrantes un conjunto integral de apoyos y servicios a la producción, a la comercialización, al financiamiento, a la asistencia técnica, a la vinculación con científicos comprometidos, a la gestión de apoyos públicos, a la gobernabilidad campesina, a la rendición de cuentas, etcétera.

3. Desarrollo de sistemas de producción agrícola sustentables y diversificados con base en los conocimientos campesinos y científicos. La ciencia y la tecnología debe estar al servicio de la iniciativa campesina, de sus necesidades y las de sus comunidades, de la región y del país en su conjunto. Las instituciones públicas de investigación así como los científicos y tecnólogos deben reorientar su quehacer y establecer alianzas a largo plazo con organizaciones de productores autónomas y autogestivas con proyectos productivos integrales.

4. Los cambios y plazos de transición hacia una agricultura sustentable y diversificada, sin agroquímicos, sin transgénicos y sin dependencia de insumos externos (semillas, nutrientes del suelo y planta, plaguicidas, maquinaria y equipo, asistencia técnica, etcétera) deben ser autodeterminados por los propios campesinos.

5. La formación de los dirigentes campesinos, productores destacados, técnicos y gerentes campesinos representa el factor determinante en la nueva revolución tecnológica así como la capacitación masiva y significativa de campesinos y comunidades, a partir de las experiencias exitosas en parcelas de campesinos destacados y bajo el modelo de enseñanza-aprendizaje “de campesino a campesino” y de “campesino a científico y de científico a campesino”.

6. La nueva revolución tecnológica supone la producción local autogestiva (o en redes a nivel regional o estatal) vía la organización campesina de semillas nativas e hibridas mejoradas, humus y lixiviados, abonos verdes; harinas minerales, biofertilizantes, caldos nutritivos, ácidos orgánicos, entomopatógenos, fertilizantes foliares (sustancias húmicas, aminoácidos, hormonas de crecimiento e inductores de resistencia); análisis continuos de suelo, planta y agua; etcétera.

7. Implica una auténtica revolución de conciencias, valores y actitudes, en primer lugar de los propios productores, comunidades y organizaciones campesinas. Se requiere recuperar valores tales como la autoconfianza individual y colectiva, la cultura del trabajo y del esfuerzo individual y colectivo, la ayuda mutua y la solidaridad; la conciencia de la calidad de sujetos de derechos, de sujetos productivos y de ciudadanía, entre otros. Es imprescindible abandonar las actitudes pobristas, victimistas, peticionistas, fatalistas y pasivas. Evidentemente que también se requieren cambios radicales en los tres ordenes de gobierno, en las universidades y centros de investigación y en los científicos y técnicos en lo individual.

8. Se requiere de una nueva política de Estado de largo plazo para construir otro sistema agroalimentario y nutricional. Asimismo, es ineludible el rompimiento de la subordinación del Ejecutivo federal y el Congreso de la Unión a las trasnacionales agroalimentarias y el establecimiento de una nueva alianza con los sectores productivos del campo,

¿Será verdad que la autosuficiencia alimentaria es la nueva política de la actual administración pública federal o es solamente un recurso demagógico para encubrir la continuidad del modelo neoliberal agroalimentario? Si es verdad que se asume la necesidad urgente de la autosuficiencia alimentaria, la pregunta es si se recurrirá a falsas y peligrosas soluciones para mantener y profundizar el modelo fallido o podremos ser capaces como sociedad y Estado de abrir una vía verdadera y factible a la autosuficiencia alimentaria por medio de una nuevas revolución tecnológica con campesinos y sin transgénicos.

http://www.jornada.unam.mx/2013/02/16/cam-nueva.html

Las promesas de la industria biotecnológica: ¿Ignorancia o engaño?

En los años recientes hemos presenciado una costosa campaña de difusión y mercadotecnia de la industria biotecnólogica y su representación civil en el país, Agrobio, en la que reiteran que las semillas transgénicas son la solución para múltiples problemas. Afirman que esta tecnología permitirá desde revertir la crítica situación del campo mexicano y las adversidades producto del cambio climático hasta atender la necesidad de mayor cantidad de alimento por el incremento de la población del planeta.

Veamos si las promesas de esta industria son una solución, si sus argumentos son errados, o más aún, si incurren en el engaño.

Si bien la industria biotecnológica moderna es amplia –ya que incluye desarrollos para la biomedicina, la bioremediación, la farmacéutica y agropecuaria– aquí el punto a debate son las semillas transgénicas que se sembrarán al aire libre.

Recordemos que las semillas transgénicas presentes en el mercado, así como las que están en experimentación en México sólo tienen dos características: tolerancia a herbicidas, presente en más de tres cuartas partes de los transgénicos que se comercializan en el mundo, y resistencia a plagas por la expresión de la toxina Bacillus thuringiensis (Bt).

Cuando se habla de solucionar el hambre del mundo se presupone que esta tecnología aumentará los rendimientos, y este planteamiento es completamente falso; así lo han reconocido las propias empresas, que dicen: “no existen aún en el mercado cultivos transgénicos que incrementen intrínsecamente los rendimientos”.

Analicemos el gran tema que han publicitado las empresas: las plantas con resistencia a sequía que podrán enfrentar el cambio climático y alimentar a la humanidad.

En 2007 en un viaje pagado a periodistas a su planta de San Luis, Missouri, “Monsanto, aseguró que desarrollaba un maíz blanco resistente a sequías para ‘ayudar’ a los países en desarrollo, los cuales para utilizarlo no deberán esperar a que sea avalado en las naciones de primer mundo, ya que ese proceso se lleva hasta diez años.” (Angélica Enciso, en La Jornada, 22 de mayo de 2007). En ese momento se dio mayor énfasis a la regulación que a la forma en que se conferiría la resistencia.

Más adelante, en 2009, al celebrar el Día Internacional de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía, Monsanto y BASF anunciaron el descubrimiento de un gen que confiere tolerancia a la sequía en plantas de maíz. En un boletín y con inserciones pagadas en la prensa revelaron que “el gen cold shock protein B (cspB) –proteína B de impacto en frío– que se encuentra de manera natural en bacterias Bacillus subtilis, puede contribuir a que las plantas de maíz toleren condiciones de sequía y estabilicen su rendimiento en períodos de escaso suministro de agua”.

Monsanto señaló que “una parte importante de esta inversión se canaliza a identificar y evaluar genes con características prometedoras en cuanto a rendimiento y tolerancia a condiciones de estrés”. Este tema es el central, pues si bien Monsanto detenta la tecnología para insertar la información genética, esta información se encuentra en las propias plantas, la mayor parte cultivadas por campesinos que con mucha dedicación y trabajo, año con año, han logrado variedades resistentes a diversas condiciones. Es un conocimiento desarrollado a lo largo de milenios.

Esta información se ha recolectado por años en diversos bancos de germoplasma, pero el del Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) sobresale, y no tanto por su tamaño, sino porque, siendo una institución no gubernamental, el material que almacena es utilizado por diversos investigadores del mundo sin ningún control por parte del gobierno mexicano.

Así se observa en diferentes estudios. Por ejemplo un texto publicado en la revista Crop Science, de la Sociedad de Ciencia de Cultivos de Estados Unidos, indica que los científicos del Instituto Federal Suizo de Tecnología usaron para su estudio variedades del grano desarrolladas por el CIMMYT en México. Tal estudio evaluó si diferentes variedades del maíz tienen la mezcla genética que les permita adaptarse a las sequías.

Asimismo, en el reporte de Monsanto sobre su proyecto para el desarrollo de un maíz que hace un uso eficiente del agua –el cual se realiza con inversión de la Fundación Gates y de la Howard Buffett– se señala que el CIMMYT participa ofreciendo sus variedades de maíz de alto rendimiento, adaptadas a las condiciones africanas y con su experiencia en la “mejora” convencional y las pruebas de tolerancia a la sequía.

Por otra parte, en cuanto a la dimensión del problema que se pretende atacar tenemos que los investigadores que estudian este fenómeno han reiterado que la tolerancia a sequía es compleja, controlada por varios genes que posiblemente actúan en una manera organizada. Además, no está determinada exclusivamente por características genéticas, pues los sistemas productivos agrícolas constituyen un factor muy importante en el desarrollo de cultivos en ambientes secos. Por ello resulta muy complicado incidir en esta característica. Y por ello los únicos cultivos transgénicos que han logrado posicionarse en el mercado a gran escala hasta el momento son los que involucran rasgos genéticos simples (que se heredan por la vía de un solo gen) como es la tolerancia a los herbicidas y la resistencia a los insectos.

Así, las empresas presentan de manera reduccionista una solución a un problema complejo. Al analizarlo, más que un planteamiento equivocado pareciera un engaño, pues lo que observamos en el fondo es la búsqueda y apropiación de estos genes que resisten sequía y condiciones climáticas extremas, que se encuentran en variedades creadas, reproducidas y salvaguardadas por los campesinos.

Esto se deduce del informe presentado el pasado octubre de 2010 por la organización ETC, que señala que “BASF, Monsanto, Bayer, Syngenta, Dupont y socios de la industria de la biotecnología presentaron 532 solicitudes de patentes (un total de 55 familias de patentes) sobre genes llamados “resistentes al clima” en oficinas de patente de todo el mundo. La apuesta es solicitar patentes de amplio espectro sobre genes relacionados con presiones ambientales. Monsanto (la mayor compañía de semillas del mundo) y BASF (la mayor firma química del mundo) formaron una sociedad colosal de mil 500 millones de dólares para manipular genéticamente la tolerancia al estrés en plantas. Juntas, las dos empresas acaparan 27 de las 55 familias de patentes (49 por ciento) identificadas” (http://www.etcgroup.org/upload/ publication/pdf_f ile/FINAL_climatereadyComm_ 106_2010.pdf).

Resulta evidente que no sólo nos enfrentamos a una falsa promesa de la industria biotecnológica, sino a un verdadero engaño. Lejos de ayudar a los “pobres” del mundo buscan apropiarse de la riqueza de nuestros pueblos.

Tan burdo es su engaño que en el boletín de prensa mencionado de 2009, encontramos en letras pequeñas una leyenda que advierte que lo dicho puede cambiar en el tiempo: “Advertencia sobre información respecto de expectativas futuras: Ciertas declaraciones incluidas en esta presentación son con miras al futuro (…)”. No debe confiarse excesivamente en estas declaraciones que tienen efecto solamente a la fecha de su presentación.

Poco a poco estamos desentrañando el engaño de estas empresas y su objetivo real. Estamos claros de que la compleja problemática que enfrenta el sector rural en México, el hambre que afecta a millones de personas en el mundo y el propio cambio climático, son producto de su avidez, que busca controlar a la humanidad, y de sus falsas soluciones que lejos de acabar con los problemas los crean y profundizan.

Adelita San Vicente Tello

Agrónoma, aspirante a maestra en Desarrollo Rural. Directora de Semillas de Vida, AC adelita@semillasdevida.org.mx

http://www.jornada.unam.mx/2010/12/18/ignorancia.html


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