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México. El derecho de Cherán a elecciones por usos y costumbres.

No ha sido suficiente una insurrección armada de los pueblos indígenas de Chiapas en 1994 –que impuso un debate nacional en materia de derechos y cultura indígenas– para neutralizar las mentalidades racistas de la sociedad mexicana. La traición de la clase política a los acuerdos de San Andrés estableció las nuevas adecuaciones de la mestizocracia mexicana: reconocer derechos formales (y ya de por sí limitados), y violarlos en los hechos.

Los sectores poderosos y sus representantes en los aparatos estatales, en particular, no acatan el espíritu y menos la letra de los ordenamientos constitucionales contenidos en el artículo 2 y los marcos jurídicos internacionales que obligan al Estado mexicano a respetar las autonomías de los pueblos indígenas, los territorios donde habitan, junto con sus recursos y, sobre todo, en el ámbito de lo político, las formas de elegir a sus autoridades que conforman sus autogobiernos, ya que en éstos radica la centralidad e integralidad de la voluntad e identidad colectivas. Por el contrario, se insiste en someter a los pueblos indígenas a los desprestigiados procedimientos de la democracia representativa mediante el sistema de partidos, que tanta fragmentación y divisiones ha llevado a las etnorregiones.

El pueblo purépecha de Cherán, Michoacán, que experimentó en pocos meses un acelerado proceso de concientización que permitió contener a los talamontes y al crimen organizado que impunemente incursionaban en su territorio con la complicidad de los aparatos de procuración de justicia, policías, militares y políticos, decidió no participar en el proceso electoral de noviembre pasado y realizar la elección de sus autoridades comunitarias por usos y costumbres.

Es necesario reiterar el derecho que asiste al municipio indígena de Cherán para retomar esta vía de la democracia directa y participativa, una vez que sus habitantes decidieron expulsar de su territorio a los partidos políticos que constituían poderes heterónomos y lesivos a sus intereses y causaban un permanente conflicto intracomunitario. A esa misma conclusión han llegado los pueblos indígenas en todas las latitudes de nuestra América en torno al papel de los partidos de la democracia tutelada por el capitalismo. Se ha confirmado una y otra vez que sólo el ejercicio de la autonomía garantiza gobiernos locales y regionales que se fundamenten en el mandar obedeciendo. El pueblo de Cherán descubrió a partir de abril de este año la fuerza de su unidad interna y la brújula de la libre determinación que lo ha llevado a tomar las riendas de su propio destino. Cansados sus habitantes de ver impotentes a los talamontes arrasar con sus bosques, secuestrar y extorsionar a las familias, acosar a las mujeres, asesinar a quienes se les oponían, decidieron que era el momento de actuar y asumir todos y todas el poder horizontal y desde abajo por medio de la asamblea comunitaria, máximo órgano de decisión. Así nació la comuna de Cherán, que ratificará próximamente a los sistemas normativos indígenas como el procedimiento de elección de autoridades municipales.

Con toda claridad en el artículo 2 de la Constitución (aun cuando representa la contrarreforma en materia de derechos indígenas) se asienta en la definición del sujeto de la ley: “Son comunidades integrantes de un pueblo indígena, aquellas que formen una unidad social, económica y cultural, asentadas en un territorio y que reconocen autoridades propias de acuerdo con sus usos y costumbres”. Más adelante, al dar cauce y garantizar el derecho de los pueblos a la autonomía, se especifica como uno de sus atributos: I. Decidir sus formas internas de convivencia y organización social, económica, política y cultural. En el acápite III de las formas de la autonomía, se asienta explícitamente: “Elegir de acuerdo con sus normas, procedimientos y prácticas tradicionales, a las autoridades o representantes para el ejercicio de sus formas propias de gobierno interno, garantizando la participación de las mujeres en condiciones de equidad frente a los varones, en un marco que respete el pacto federal y la soberanía de los Estados”. En el párrafo VII se insiste: “Las constituciones y leyes de las entidades federativas reconocerán y regularán estos derechos en los municipios, con el propósito de fortalecer la participación y representación política de conformidad con sus tradiciones y normasinternas”. Por último, en el caso de conflictos, juicios y procedimientos en que sean parte, individual o colectivamente, en este caso en materia electoral, se destaca en la sección VIII: se deberán tomar en cuenta sus costumbres y especificidades culturales respetando los preceptos de esta Constitución.

Por su parte, el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, firmado y ratificado por México, mandata como obligación de los gobiernos, en su artículo seis b): establecer los medios a través de los cuales los pueblos interesados puedan participar libremente, por lo menos en la misma medida que otros sectores de la población, y a todos los niveles en la adopción de decisiones en instituciones electivas y organismos administrativos y de otra índole responsables de políticas y programas que les conciernan. El artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos de los Pueblos Indígenas señala: “Los pueblos indígenas tienen derecho a participar en la adopción de decisiones en las cuestiones que afecten a sus derechos, por conducto de representantes elegidos por ellos de conformidad con sus propios procedimientos, así como a mantener y desarrollar sus propias instituciones de adopción de decisiones.” El artículo 33 especifica: Los pueblos indígenas tienen derecho a determinar las estructuras y a elegir la composición de sus instituciones de conformidad con sus propios procedimientos. Todo el apoyo a Cherán.

Gilberto López y Rivas

http://www.jornada.unam.mx/2011/12/09/opinion/025a1pol

Cherán, México: Barricadas contra el crimen organizado.

La comunidad indígena purépecha de Cherán se atrinchera para evitar que talamontes y comandos armados entren en su municipio

En los últimos tres años han arrasado el 80% de sus bosques y ahora llegaron empresarios aguacateros para extender este cultivo en la región

Han asesinado a 12 comuneros y desaparecido a otros 6 que intentaban evitar la tala

¿Se imaginan un pueblo de 20.000 habitantes cercado por barricadas y con una hoguera prácticamente en cada esquina? Podría ser una estampa de las guerras africanas de las décadas pasadas o tal vez del México que hizo la revolución a principios del siglo XX. Pero así es como se encuentra desde hace casi cuatro meses Cherán, un municipio de cerca de veinte mil habitantes en el centro-occidental estado de Michoacán, a 411 km de la capital mexicana. Hartos de la pasividad de los gobiernos locales, municipales y federales, el 15 de abril, sus pobladores, indígenas purépechas decidieron autoorganizarse y establecer barricadas con sacos de arena, troncos y piedras en cada entrada del pueblo y 179 fogatas, casi en cada esquina, para protegerse de los criminales que asaltaban a la comunidad. Todo empezó hace dos años y medio, cuando empezaron a llegar los talamontes a sus bosques para robarles la madera. Desde el 2008 hasta ahora han devastado 20 mil de las 28 mil hectáreas de bosque comunal, el 80% de su territorio.

Las elecciones municipales de 2007 sembraron un conflicto interno en la comunidad y encumbraron a un alcalde sin legitimidad, electo por menos de dos mil votos. Los talamontes aprovecharon estas divisiones para entrar a sus bosques comunales y empezar a sacar toneladas de madera. Diez, veinte camiones por día. Cuando el crimen organizado, muy presente en todo el estado de Michoacán, se dio cuenta de lo fructífero que era el negocio ilícito de robar madera, quisieron su rebanada de pastel. Rápidamente se establecieron en los accesos a los bosques y con la fuerza de sus armas empezaron a extorsionar a los talamontes, les pedían 1000 pesos (unos 60 euros) por cada camión de madera que sacaran, y a cambio acallarían a cualquier comunero que se les enfrentase.

“Como nosotros estábamos peleados nos olvidamos de los que estaban arrasando nuestros bosques y cuando reaccionamos ya tenían protección de los delincuentes”, confiesa ahora el Padre Antonio Mora, párroco del municipio. Cuando los purépechas empezaron a enfrentarse con ellos lo pagaron caro. Tirso Madrigal fue la primera víctima. Era dirigente del Comisariado Comunal, la asamblea que rige el uso de las tierras en las comunidades de propiedad colectiva. Contrataron unas máquinas para hacer zanjas en los caminos que impidiesen el paso de los camiones. Subieron el primer día con ellas y al día siguiente, el 11 de febrero de 2009, cuando regresaron a continuar el trabajo las palas estaban destrozadas.  Tirso se adentró solo al bosque a buscar quiénes eran los responsables. Algunos comuneros aseguran haber visto siete hombres armados en el cerro ese día. Tirso nunca regresó, ni tampoco apareció su cuerpo. En la entrada del pueblo hay una comisaría de policía estatal, pero los vecinos aseguran que no hacen nada y que les han visto hablando tranquilamente con los talamontes. Además los hampones siguen campando a sus anchas por sus montañas. “Parece que el gobierno está involucrado con el crimen, sino, ¿por qué no nos ayudan?” se pregunta la esposa de Tirso, que prefiere ocultar su nombre.

Desde entonces los habitantes han sido amenazados, han desaparecido a otros cinco comuneros y han asesinado a 12, cuando suben a la montaña a trabajar o en sus propias casas. Pese a que hay responsables con nombres y apellidos señalados por testigos, ninguno de los casos ha sido investigado por la Justicia. Han incendiado hectáreas de bosque y cuando los comuneros suben a apagar el fuego, les tirotean. Los campesinos que tienen sus tierras de cultivo más cercanas al bosque no han sembrado este año y han tenido que prescindir de todo lo que de él sacaban: resina, madera, hierbas para infusiones, alimento… Hasta que llegaron a cortar los árboles que rodean el manantial. Cuando los comuneros vieron que iban a acabar con los árboles que abastecen de agua a su municipio, estallaron. El 15 de abril un grupo de vecinos salió a las 6 de la mañana a cerrar el paso a los talamontes. Con palos y piedras detuvieron tres camionetas cargadas con madera y retuvieron a cinco de ellos. A las cuatro horas llegaron los criminales armados. Los vecinos lograron espantarlos con cohetes pirotécnicos pero en el enfrentamiento los delincuentes incendiaron el bosque y un comunero recibió un balazo en la cabeza, que aún sigue en estado crítico. Los peculiares madereros permanecieron cinco días retenidos hasta que llegó la Comisión Nacional de Derechos Humanos con la policía y les aconsejaron que los soltasen. La policía se los llevó e inmediatamente los liberó pese a que robar madera es un delito.

Hay una organización entre los talamontes, los criminales y las autoridades para despojarnos de nuestras tierras”, explica Salvador Campamur, portavoz de los comuneros de Cherán. Así las cosas, los comuneros decidieron organizarse. Establecieron barricadas en las dos entradas del pueblo y 179 fogatas en los cuatro barrios que componen el municipio.

En grupos de cuatro familias hacen turnos para mantenerse en guardia en cada una de ellas, noche y día. Cinco señoras hacen la cena cada día en cada una de las barricadas y todo el pueblo cena allí. Así, más allá de protegerse, se empezó a recuperar la actividad comunitaria. Los niños dejaron de ir a la escuela porque los criminales amenazaron de cargar contra ellas, así que los maestros y maestras del pueblo han trasladado sus talleres a las fogatas donde siguen estudiando los niños de primaria y secundaria. En cada uno de los cuatro barrios se designaron 40 hombres mayores de 15 años, que asumen las tareas de vigilancia en lo que ellos llaman ronda comunitaria. No traen armas pero tiene un sistema de aviso por pirotecnia. Si hay una situación de peligro o un enfrentamiento llaman a todo el pueblo a concentrarse en la plaza, al truene de tres cohetes.

Aunque sin casi ser conscientes han establecido un ejemplo de autoorganización, la resistencia no es fácil. “Tenemos rabia e indignación. Quisimos defender nuestro bosque pero no pensamos en las consecuencias, no visualizamos contra quién nos estábamos enfrentando. No es que nos arrepintamos, pero estamos cansados: las desveladas, el trabajo colectivo, los alimentos escasean. Comer puro frijol, lentejas, eso sí cansa. Los niños ya se están enfermando, aunque les damos talleres, se están atrasando. Son muchos problemas”, explica una maestra del Barrio Tercero. Un niño de nueve años a su lado, dice que ya quiere volver a la escuela. Aún así, todos están determinados a seguir defendiendo su bosque. “Esto no es una demanda política o económica, va más allá, de nuestros bosques, de nuestra madre naturaleza, depende nuestra vida  y seguir viviendo en nuestro territorio y lo vamos a seguir defendiendo hasta que vuelva a la normalidad”, resume Salvador Campamur.

Para mantenerse, reciben la solidaridad de organizaciones sociales y religiosas que les proporcionan alimentos, como los que cocina Marcelina en una de las hogueras del barrio primero. “Cherán era una comunidad tranquila y transitada pero ya no hay seguridad, necesitamos una solución inmediata. Llevamos más de tres meses en la calle, se vela toda la noche, pendientes de que el enemigo pueda entrar en cualquier momento. El gobierno tiene que responder”, exige Marcelina mientras calienta las tortillas de maíz que van a alimentar a la vecindad. “Pedimos que venga la Policía federal o el Ejército. Pero el gobierno se hace el sordo y ciego porque no somos importantes para ellos”, agrega la maestra.

¿Pero, por qué no hacen nada?

Michoacán es la cuna del aguacate en México. El oro verde, como se llama este fruto en la región, es un fructífero negocio en la zona. Y curiosamente, una vez arrasados sus montes, a Cherán han llegado grupos de aguacateros que quieren rentarles sus tierras para plantar árboles de aguacate. Pero la comunidad se niega. En su cosmovisión indígena, la tierra es parte de ellos mismos. “Detrás de todo esto está el negocio de los aguacates. Han insistido en rentarnos las tierras ya destruidas para plantar aguacates pero no nos dejamos porque es un cultivo para ricos, necesita mucho agua y muchos insumos, además no es natural para nuestra tierra”, señala Campamur. En contraste, del bosque “depende el oxígeno, el agua, los niños, los animalitos, muchos recursos que se están acabando”, cuenta Marcelina.

Pero a estas alturas, no solo se trata de defender sus recursos naturales, sino de hacer justicia. Desde que implantaron las barricadas han asesinado a dos comuneros y desaparecidos otros tres. “Ya no son solo los árboles, ¿qué pasa con nuestros muertitos, con los desaparecidos?” inquiere a las autoridades el Padre Mora.

Como Mary, que aún cuando las lágrimas la ahogan, exige “que tengan corazón y que nos los regresen”. Su esposo, Rafael García, era el Comisario de Bienes Comunales, es decir la máxima autoridad en la comunidad. En febrero de este año, fue con otro compañero al campo a hacer unos trabajos comunitarios y al bajar al pueblo los golpearon y se los llevaron en plena calle.

Mary no puse la denuncia por miedo que viniesen por ella o por alguno de sus tres hijos. Y es que según los vecinos, el propio alcalde está con los talamontes. “Es nuestro enemigo”, apunta Marcelina. El Padre Mora, asegura que cuando lo increparon para que hiciese algo y llevase el caso ante instancias superiores, alegó que no era cosa suya. Tampoco se hace responsable el gobierno estatal, con el que se entrevistaron sin conseguir nada.

Mientras no tengan respuestas seguirán en pie de lucha, y aseguran que no celebrarán las elecciones municipales que tocan este noviembre. Desde su pequeño municipio, los indígenas purépechas de Cherán están dando una lección a México y al mundo, y ya se levantan como un ejemplo de resistencia y de dignidad.

Fotografías de Hans Musielik: (México)

http://periodismohumano.com/destacado/barricadas-contra-el-crimen-organizado.html


@twewwter

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